Desde que comencé a interesarme por la política, una idea recurrente ha ocupado mis pensamientos: vivíamos en una burbuja histórica de paz y prosperidad dificilmente sostenible. Hasta hace unos años, podíamos presumir de atravesar uno de los períodos más pacíficos de la Historia del Ser Humano.Tras dos guerras mundiales, parecíamos haber aprendido la lección. El desarrollo del armamento nuclear y la consolidación de instituciones supranacionales nos brindaron décadas de relativa estabilidad. Sin embargo, como se dice en el mundo financiero, rendimientos pasados no garantizan rentabilidades futuras, y el equilibrio geopolítico ha demostrado ser tan frágil como pensaba.
Esta reflexión abstracta se materializó hace unos años frente a mis ojos, cuando trabajaba con un ucraniano al que le alquilaba servidores. Era un tipo agradable, de vez en cuando compartíamos conversaciones distendidas sobre la vida. Recuerdo aquel día en que una de nuestras conversaciones se transformó en uno de los momentos más impactantes de mi vida: acababan de reclutar a su padre para el frente de batalla. Resulta imposible transmitir la mezcla de impotencia, indignación y desconsuelo de sus palabras. Aquella conversación reconfiguró completamente mi visión del mundo. En cuestión de semanas, su padre —y posiblemente él mismo— personas absolutamente normales con sueños y preocupaciones, se verían obligadas a enfrentarse a muerte con otras personas cuya única diferencia radica en haber nacido al otro lado de unas fronteras artificiales, trazadas caprichosamente por las sucesivas élites políticas que han explotado a sus pueblos a lo largo de la historia.
Hoy en día percibo en la sociedad una absoluta banalización de la guerra. Este fenómeno parece consecuencia directa del simplismo mediático y la preocupante ausencia de pensamiento crítico entre la población. La lógica resulta perversamente sencilla: si aceptas sin cuestionamiento la narrativa de que "Putin es el nuevo Hitler y pretende conquistar Europa desde Kiev hasta Madrid", es perfectamente comprensible concluir que el único camino viable es la confrontación armada. Sin embargo, opinar desde la comodidad de una barra de bar, el sofá o los escaños del congreso siempre ha sido fácil.
Esta narrativa nos plantea serias contradicciones: si verdaderamente Putin encarna una amenaza de tal calibre, ¿por qué Europa ha dependido voluntariamente durante décadas de Rusia para su supervivencia energética? ¿Por qué hemos rechazado sistemáticamente la inversión en defensa, incumpliendo reiteradamente los compromisos presupuestarios acordados en el marco de la OTAN? La Historia nos enseña que la disuasión requiere de ejércitos poderosos y tecnológicamente avanzados; utilizar a la población ucraniana como escudo humano mientras enviamos armamento y subvenciones es uno de los actos de mayor cinismo de la Historia.
En este escenario, no puedo negar mi simpatía hacia la postura de Trump y su determinación por finalizar el conflicto a cualquier precio. Debo reconocer que es uno de los pocos puntos en los que nuestras visiones coinciden. Todavía no sé si estamos ante un genio de la estrategia o un canalla temerario (tendría que ver como juega al Polytopia), pero resulta innegable que en poco tiempo ha conseguido mucho más que cualquier otro líder internacional en los últimos tres años. Si tuviera que expresar mi opinión personal, no podría decir muchas cosas buenas de su figura; ni su ideología ni sus formas representan los valores que considero esenciales para un líder político. Sin embargo, no tengo ningún miedo a reconocer sus aciertos, por incómodo que resulte para mis convicciones morales.
La Historia nos enseña que los períodos de paz son la excepción en el turbulento devenir de nuestra especie. Sin embargo, lo verdaderamente excepcional no es que los conflictos resurjan, sino que hayamos disfrutado de décadas de relativa estabilidad. Quizás la clave para garantizar la paz no resida en la banalización de la violencia, sino en apostar por sociedades de individuos libres y con pensamiento crítico que no se dejen convencer por los relatos nacionalistas y belicistas que solo buscan enfrentar a las personas por sus coordenadas de nacimiento.
Disclaimer: Esta es solo la humilde opinión de un ciudadano más, no tengo ni la experiencia vital ni el conocimiento académico suficiente para tener la verdad absoluta sobre nada. Realiza tus propios análisis.